—«Pero en cuanto a vosotros, canallas carroñeros» —volviéndose hacia los tres hombres en el aparejo—, «a vosotros, tengo la intención de picaros para las perolas de aceite»; y, asiéndome de un cabo, se lo aplicó con todas sus fuerzas a las espaldas de los dos traidores, hasta que ya no gritaron más, sino que colgaron sin vida la cabeza hacia un lado, tal como se dibuja a los dos ladrones crucificados.
—¡Me he dislocado la muñeca contigo! —gritó, por fin—; pero aún queda suficiente soga para ti, mi gallito esforzado, que no querías rendirte. Quítale esa mordaza de la boca y veamos qué sabe decir en su propia defensa.
“Por un momento el amotinado exhausto hizo un movimiento tembloroso con sus mandíbulas agarrotadas y luego, torciendo la cabeza con dolor, dijo en una especie de siseo: «Lo que digo es esto—y tenlo muy presente—, ¡si me azotas, te asesino!».
«“¿Es eso lo que dices? Pues mira cómo me asustas”—y el Capitán se retiró con la cuerda