¡No sueñes nunca con la mano en el timón! No vuelvas la espalda a la brújula; acepta la primera advertencia de la caña atascada; no creas en el fuego artificial, cuando su rojez hace que todo parezca cadavérico. Mañana, bajo el sol natural, los cielos estarán brillantes; aquellos que brillaban como demonios en las llamas ramificadas, la mañana los mostrará con un relieve muy distinto, al menos más apacible; el sol glorioso, áureo, alegre, la única lámpara verdadera, ¡todos los demás, meros mentirosos!
Sin embargo, el sol no oculta el Pantano lúgubre de Virginia, ni la maldita Campaña de Roma, ni el vasto Sahara, ni los millones de millas de desiertos y de dolores bajo la luna. El sol no oculta el océano, que es el lado oscuro de esta tierra, y que son dos tercios de esta tierra.
Por tanto, aquel mortal que tiene más alegría que dolor en su interior, ese mortal no puede ser sincero—no es sincero, o está inmaduro. Con los libros ocurre lo mismo. El más sincero de todos los hombres fue el Varón de Dolores, y el más sincero de todos los libros es el de Salomón, y el Eclesiastés es el acero finamente martillado de la aflicción.
«Todo es vanidad». Todo.
Este mundo obstinado aún no ha comprendido la sabiduría del anticristiano Salomón. Pero quien esquiva los hospitales y las cárceles, y camina rápido al cruzar los cementerios, y prefiere hablar de óperas antes que del infierno; llama a Cowper, Young, Pascal, Rousseau, pobres diablos, a todos los hombres enfermos; y a lo largo de una vida despreocupada jura por Rabelais teniéndolo por sumamente sabio y, por tanto, alegre;—ese hombre no está apto para sentarse sobre las lápidas y romper el moho verde y húmedo con el abismal y maravillosamente sabio Salomón.
Pero aun Salomón, dice, «el hombre que se aparta del camino de la inteligencia morará» (es decir, aun en vida) «en la congregación de los