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CXXXV

los dos botes destrozados que acababan de ser izados al costado, y trabajaban atareados en repararlos. Uno tras otro, a través de los portalones, al pasar, también captó vistazos fugaces de Stubb y Flask, ocupados en cubierta entre atados de nuevos arpones y lanzas. Mientras veía todo esto; al escuchar los martillos en los botes rotos, muy otros martillos parecieron clavar un clavo en su corazón. Pero se reanimó. Y ahora, notando que la veleta o bandera había desaparecido del tope del palo mayor, le gritó a Tashtego, que acababa de alcanzar esa atalaya, que descendiera de nuevo por otra bandera, y un martillo y clavos, y así la clavara al mástil.

Ya fuera por el agotamiento de la tres días de persecución continua, y por la resistencia que le oponía al nadar el enredado aparejo que llevaba encima; o ya fuera por alguna insidia y malicia latentes en él: cualquiera de las dos cosas que fuese verdad, el curso de la Ballena Blanca comenzó ahora a disminuir, al parecer, ante el bote que se le acercaba con tanta rapidez una vez más; aunque en verdad la última arrancada de la ballena no había sido tan prolongada como la anterior.

Y mientras Ahab se deslizaba sobre las olas, los tiburones despiadados lo acompañaban; y se pegaban al bote con tanta terquedad; y mordían de manera tan continuada los remos en acción, que las palas se volvieron dentadas y crujieron, dejando pequeñas astillas en el mar en casi cada remada.

“¡No les hagas caso! Esos dientes no hacen más que darle nuevos chumaceras a vuestros remos. ¡Tirad adelante! Es mejor descanso la mandíbula del tiburón que el agua blanda.”

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