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LIII. El *Gam*

haber una especie de timidez entre ellos; pues el inglés es bastante reservado, y al yanqui no le agrada ese tipo de cosas en nadie más que en él mismo. Además, los balleneros ingleses a veces adoptan una especie de superioridad metropolitana frente a los balleneros estadounidenses, considerando al largo y flaco nantucketense, con sus provincianismos indefinibles, como una especie de campesino del mar. Pero en qué consiste realmente esta superioridad de los balleneros ingleses sería difícil de decir, visto que los yanquis, en un solo día y colectivamente, matan más ballenas que todos los ingleses, colectivamente, en diez años. Pero esta es una pequeña debilidad inofensiva de los cazadores de ballenas ingleses, que el nantucketense no se toma muy a pecho; probablemente, porque sabe que él mismo tiene unas cuantas debilidades.

Así, pues, vemos que de todos los barcos que surcan solitarios el mar, los balleneros son los que tienen más motivos para ser sociables, y lo son. En tanto que algunos barcos mercantes, cuyos rastros se cruzan en medio del Atlántico, pasan a menudo sin mediar tan solo una sola palabra de reconocimiento, ignorándose mutuamente en alta mar como un par de currutacos en Broadway, y entregándose todo el tiempo, tal vez, a una crítica quisquillosa del aparejo ajeno. En cuanto a los buques de guerra, cuando se encuentran por casualidad en el mar, realizan primero una serie de reverencias y cortesías tan necias, un tal despliegue de banderas, que de genuina buena voluntad y amor fraternal no parece haber mucho en todo ello. Por lo que toca a los barcos negreros al encontrarse, pues bien, van con tanta prisa que huyen el uno del otro tan pronto como es posible. Y en cuanto a los piratas, cuando por casualidad se cruzan sus tibias cruzadas, el primer saludo es: «¿Cuántas calaveras?», del mismo modo que los balleneros saludan: «¿Cuántos barriles?». Y una vez

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