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LXIV

—Dijiste que arriba, ¿no es así? y ahora mírate a ti mismo, y mira hacia dónde apuntan tus tenazas. Pero, tal vez esperas entrar al cielo entrando a gatas por la escotilla del ballesteroseco, cocinero; pero, no, no, cocinero, no llegarás ahí, a menos que vayas por el camino reglamentario, dando la vuelta por la jarcia. Es un asunto delicado, pero hay que hacerlo, o si no, no hay trato. Pero ninguno de nosotros está en el cielo todavía. Suelta tus tenazas, cocinero, y escucha mis órdenes. ¿oyes? Sostén tu sombrero en una mano, y colócate la otra encima del corazón cuando esté dando mis órdenes, cocinero. ¡Cómo! ¿Eso es tu corazón, ahí? ¡Eso es tu molleja! ¡Arriba! ¡Arriba! Eso es, ahora lo tienes. Sostenlo ahí ahora, y presta atención.

—Tó lo que manda, mi amo —dijo el viejo negro, con ambas manos colocadas como se le había pedido, agitando en vano su cabeza canosa, como si quisiera poner ambas orejas al frente a un mismo tiempo.

—Bien, cocinero, ya ves que este bistec de ballena tuyo era tan malo, que lo he hecho desaparecer tan pronto como ha sido posible; ya lo ves, ¿verdad?

Pues bien, en lo sucesivo, cuando cocines otro bistec de ballena para mi mesa particular de aquí, el cabrestante, te diré lo que debes hacer para no estropearlo pasándote de cocción.

Sostén el bistec en una mano y muéstrale una brasa viva con la otra; hecho eso, sírvelo; ¿oyes?

Y ahora mañana, cocinero, cuando estemos despiezando el cetáceo, asegúrate de estar atento para conseguir las puntas de sus aletas; haz que las pongan en salmuera.

En cuanto a los extremos de la cola, haz que los adoben, cocinero. Venga, ya te puedes ir.

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