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XX. Todo en movimiento

entre quienes hacían estos acarreos era la hermana del capitán Bildad, una anciana flaca, de espíritu sumamente resuelto e incansable, pero a la vez muy bondadosa, que parecía empeñada en que, si dependía de ella, no faltara nada en el Pequod una vez que este se adentrara formalmente en el mar. En un momento dado subía a bordo con un tarro de encurtidos para la despensa del mayordomo; en otra ocasión con un manojo de plumas de ganso para el escritorio del primer oficial, donde este llevaba su cuaderno de bitácora; por tercera vez con un rollo de franela para la zona lumbar de la espalda reumática de alguien. Jamás mujer alguna mereció mejor su nombre, que era Caridad (tía Caridad, como todos la llamaban). Y como una hermana de la caridad, esta benévola tía Caridad se ajetreaba de aquí para allá, dispuesta a prestar sus manos y su corazón a cualquier cosa que prometiera brindar seguridad, bienestar y consuelo a todos los que iban a bordo de un barco en el que estaba involucrado su amado hermano Bildad, y en el cual ella misma poseía un par de docenas de dólares bien ahorrados.

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