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IX. El Sermón

—Tienes cara de estarlo —dice el capitán—; ahí está tu cuarto. Jonás entra y quiere echar la llave, pero la cerradura no tiene llave. Al oírlo manosearla neciamente allí, el capitán se ríe entre dientes y murmura algo acerca de que a las puertas de las celdas de los convictos nunca se les permite cerrar por dentro. Tal como está, vestido y polvoriento, Jonás se arroja a su lit casi rozándole la frente el techo del pequeño camarote. El aire es viciado y Jonás jadea. Entonces, en ese agujero angosto, hundido además bajo la línea de flotación del barco, Jonás siente el presentimiento presagioso de aquella hora asfixiante en que la ballena lo retendrá en el más pequeño de los compartimentos de sus entrañas.

“Atornillada en su eje contra el costado, una lámpara oscilante oscila ligeramente en el camarote de Jonás; y estando el barco escorado hacia el muelle por el peso de los últimos fardos recibidos, la lámpara, con llama y todo, aunque en leve movimiento, sigue manteniendo una oblicuidad permanente respecto al camarote; si bien, en verdad, infaliblemente recta en sí misma, no hacía más que poner en evidencia los niveles falsos y mentirosos entre los que pendía.

La lámpara alarma y atemoriza a Jonás; mientras, tendido en su litera, sus ojos atormentados giran por el lugar, y este fugitivo hasta ahora exitoso no halla refugio para su inquieta mirada. Pero esa contradicción en la lámpara lo aterra cada vez más. El suelo, el techo y el costado están todos torcidos.

—¡Ay! ¡Así cuelga mi conciencia en mi interior! —gemía—, recta hacia arriba, de modo que arde; ¡pero las cámaras de mi alma están todas torcidas!”.

«Como quien tras una noche de borrachera se dirige a su lecho, aún tambaleándose, pero con el remordimiento aún aguijoneándole, tal como

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