botes—recojed los remos—arponeros! ¡los hierros, los hierros!—izad más alto las juanetas—¡un tirón de todas las escotas!—¡timón ahí! ¡firme, firme por tu vida! Diez veces circundaré el globo sin medida; ¡sí, y me sumergiré derecho a través de él, pero aún he de matarlo!”
“¡Gran Dios! muéstrate aunque sea por un solo instante —exclamó Starbuck—; nunca, jamás lo capturarás, viejo... En el nombre de Jesús, no más de esto, que es peor que la locura del diablo.
Dos días de persecución; dos veces hecho asta pedazos; tu propia pierna arrancada de nuevo de debajo de ti; tu sombra maligna desaparecida... todos los ángeles buenos acosándote con advertencias: ¿qué más quieres? ¿Seguiremos persiguiendo a este pez asesino hasta que hunda al último hombre? ¿Seremos arrastrados por él hasta el fondo del mar? ¿Seremos remolcados por él al mundo infernal? ¡Oh, oh... Es impiedad y blasfemia seguir dándole caza!”.