debe de ser para ella profunda oscuridad y la nada. Del hombre puede decirse, en efecto, que contempla el mundo desde una garita con dos vidrieras unidas por ventana. Pero en la ballena, estas dos vidrieras están insertadas por separado, lo que constituye dos ventanas distintas, pero menoscabando tristemente la vista. Esta peculiaridad de los ojos de la ballena es algo que siempre debe tenerse presente en la pesca; y que el lector debe recordar en algunas escenas subsiguientes.
Una curiosa y sumamente enigmática cuestión podría plantearse en lo que respecta a este asunto visual tocante al Leviatán. Pero he de conformarme con una insinuación. Mientras un hombre tenga los ojos abiertos a la luz, el acto de ver es involuntario; es decir, entonces no puede evitar ver mecánicamente cualesquiera objetos que tenga delante. Sin embargo, la experiencia de cualquiera le enseñará que, aunque puede abarcar de una sola ojeada un conjunto indiscriminado de cosas, le es completamente imposible examinar con atención y por completo dos cosas cualesquiera —por grandes o pequeñas que sean— en uno y el mismo instante de tiempo; no importa que estén una al lado de la otra y se toquen. Pero si ahora llegáis a separar estos dos objetos y a rodear cada uno de una periferia de profunda oscuridad; entonces, para ver uno de ellos de tal manera que podáis concentrar vuestra mente en él, el otro quedará por completo excluido de vuestra conciencia simultánea. ¿Cómo es, entonces, con la ballena? Es verdad que ambos ojos, en sí mismos, deben de actuar simultáneamente; pero ¿es su cerebro tan abarcador, combinatorio y sutilmente superior al del hombre, que puede en un mismo momento del tiempo examinar con atención dos panoramas distintos, uno a un lado de ella y el otro en una dirección exactamente opuesta? Si puede hacerlo, entonces hay en ella algo tan maravilloso como si un hombre fuera capaz de resolver simultáneamente las demostraciones de dos problemas distintos de Euclides. Ni tampoco,