—¡Sí, sí, muchachos! —gritó Ahab—. Mirad hacia arriba; observadla bien; ¡la llama blanca no hace más que alumbrar el camino hacia la Ballena Blanca! Pasadme esos eslabones del palo mayor; bien quisiera sentir este pulso y dejar que el mío lata contra él; ¡sangre contra fuego! Así.
Luego volviendo —el último eslabón firmemente sujeto en la mano izquierda—, puso el pie sobre el parsel; y con la mirada fija hacia arriba, y el brazo derecho en alto, quedó erguido ante la alta trinidad de llamas de tres puntas.
“¡Oh! tú, claro espíritu de claro fuego, a quien en estos mares adoré antaño como persa, hasta que en el acto sacramental quedé tan quemado por ti, que hasta el día de hoy llevo la cicatriz; ahora te conozco, claro espíritu, y sé ahora que tu verdadera adoración es el desafío.
Ni al amor ni a la reverencia te mostrarás propicio; y aun para el odio no puedes sino matar, y todos son aniquilados. Ningún necio intrépido te hace frente ahora. Reconozco tu poder mudo y sin lugar; pero hasta el último aliento de mi vida telúrica disputaré su dominio incondicional e íntegro sobre mí.
En medio de lo impersonal personificado, una personalidad se halla aquí. Aunque no sea más que un punto a lo sumo; de dondequiera que vine; adondequiera que vaya; aun así, mientras viva terrenalmente, la personalidad soberana vive en mí y siente sus derechos regios. Pero la guerra es dolor, y el odio es desdicha.
Ven en tu forma más baja de amor, y me arrodillaré y te besaré; pero en tu punto más alto, ven como mera potencia celestial; y aunque lances armadas de mundos plenamente cargados, hay algo aquí adentro que aún permanece indiferente.
Oh, claro espíritu, de tu fuego me hiciste, y como fiel hijo del fuego, te lo devuelvo al respirar.”