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XV. Sopa de pescado

entonces demasiado sensible a tales impresiones, pero no pude evitar mirar fijamente esta horca con una vaga desconfianza. Sentí una especie de contractura en el cuello al mirar hacia arriba, hacia los dos cuernos restantes; sí, dos de ellos, uno para Queequeg y otro para mí. Es ominoso, pienso. ¡Un ataúd como posada al desembarcar en mi primer puerto ballenero; lápidas que me miran fijamente en la capilla de los balleneros; y aquí una horca! ¡Y un par de ollas negras colosales también! ¿Acaso arrojan estas últimas indirectas oblicuas sobre el Tofet?

De estas reflexiones me sacó la visión de una mujer pecosa, de pelo amarillo y vestido amarillo, de pie en el porche de la posada, bajo una lámpara roja y apagada que allí se balanceaba y se parecía mucho a un ojo amoratado, y que mantenía una bronca enérgica con un hombre de camisa de lana morada.

—Ándate a freír espárragos —le dijo al hombre—, ¡o te voy a cardar la lana!

—Vamos, Queequeg —dije—, todo bien. Ahí está la señora Hussey.

Y así resultó; pues el señor Hosea Hussey no estaba en casa, aunque había dejado a la señora Hussey perfectamente capacitada para atender todos sus asuntos. Al manifestarle nuestros deseos de cenar y pasar la noche, la señora Hussey, postergando por el momento sus regaños, nos condujo a una pequeña habitación y, sentándonos a una mesa cubierta con los restos de un banquete recién terminado, se dio media vuelta y nos dijo: —¿Almeja o bacalao?

—¿De qué es eso de los Bacalaos, señora? —dije yo, con mucha cortesía.

—¿Almeja o bacalao? —repitió ella.

—¿Una almeja para cenar? Una almeja fría; ¿es eso lo que quiere decir, señora Hussey? —digo yo—, pero esa es una recepción bastante fría y húmeda en pleno invierno, ¿no le parece, señora Hussey?

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