¿No me dijo ese grumete de Dough-Boy, el mayordomo, que por la mañana siempre encuentra las sábanas de la hamaca del viejo todas arrugadas y revueltas, y las sábanas bajadas a los pies, y la colcha casi hecha nudos, y la almohada medio abrasadora, como si hubiera estado apoyado en ella un ladrillo horneado? ¡Un viejo abrasador! Supongo que tiene eso que cierta gente en tierra llama conciencia; dicen que es una especie de neuralgia facial—peor que un dolor de muelas. Bueno, bueno; no sé qué será, pero que Dios me libre de contraerlo. Está lleno de acertijos; me pregunto a qué baja a la bodega de popa todas las noches, como Dough-Boy me dice que sospecha; ¿para qué es eso, me gustaría saber? ¿Quién se ha citado con él en la bodega? ¿No es eso curioso, eh? Pero vete a saber, es lo de siempre—Allá voy a echar una cabezadita.
¡Maldita sea, vale la pena que a uno lo echen al mundo, aunque sólo sea para quedarse profundamente dormido. Y ahora que lo pienso, es más o menos lo primero que hacen los bebés, y eso también es medio raro.
¡Maldita sea, pero todas las cosas son raras, bien miradas! Pero eso va contra mis principios. No pienses, es mi undécimo mandamiento; y duerme cuando puedas, es mi duodécimo. Así que ahí voy otra vez.
¿Pero cómo es eso? ¿Acaso no me llamó perro? ¡Rayos y centellas!, ¡me llamó diez veces burro y encima me endilgó una sarta de asnos! Bien podría haberme dado una patada y acabar de una vez. Tal vez me dio una patada y ni me fijé, tan desconcertado estaba por su frente, qué sé yo. Relucía como un hueso blanqueado. ¿Qué diantres me pasa? No me tengo bien en pie. Toparme con ese viejo me ha puesto casi al revés. ¡Por Dios!, debo de haber estado soñando, aunque—¿Cómo? ¿Cómo?