rigurosamente investigado, hay incongruencia alguna en esta comparación.
Puede que no sea más que un capricho vano, pero siempre me ha parecido que las extraordinarias vacilaciones de movimiento que muestran algunas ballenas cuando se ven acosadas por tres o cuatro botes; la timidez y la propensión a sustos extraños, tan comunes en tales ballenas; creo que todo esto proviene indirectamente de la desamparada perplejidad de voluntad en la que deben sumirlas sus poderes de visión divididos y diametralmente opuestos.
Pero el oído de la ballena es tan curioso como el ojo. Si eres un completo desconocido para su raza, podrías registrar estas dos cabezas durante horas y jamás descubrirías ese órgano.
El oído no tiene ninguna clase de pabellón externo; y en el orificio mismo apenas si puedes introducir una pluma de escribir, tan milagrosamente diminuto es. Está situado un poco detrás del ojo.
Con respecto a sus oídos, debe observarse esta importante diferencia entre el cachalote y la ballena franca. Mientras que el oído del primero tiene una abertura externa, el de la segunda está completa y uniformemente cubierto por una membrana, de modo que resulta totalmente imperceptible desde el exterior.
¿No es curioso que un ser tan inmenso como la ballena vea el mundo a través de un ojo tan pequeño, y escuche el trueno con un oído que es menor que el de una liebre?
Pero si sus ojos fueran tan anchos como la lente del gran telescopio de Herschel; y sus orejas, espaciosas como los pórticos de las catedrales; ¿haría eso que tuviera una vista más larga o un oído más agudo?
En absoluto.—¿Por qué intentas entonces «agrandar» tu mente? Hazla más sutil.