—¿Eres un gusano de seda? ¿Acaso te hilas tu propio sudario con tus propias entrañas? ¡Mírate el pecho! ¡Date prisa! Y quita estos trapos de mi vista.
“Se va a la popa. Fue repentino, eso; pero los chubascos se levantan de repente en las latitudes cálidas. He oído decir que la isla Albemarle, una de las Galápagos, está cortada por el ecuador justo en medio. Me parece que cierta especie de ecuador corta también a ese viejo, justo por el medio. ¡Siempre está bajo la Línea..., al rojo vivo, os lo digo! Mira hacia acá; vamos, estopa; rápido. Allá vamos otra vez. Este mazo de madera es el corcho, y yo soy el profesor de los vasos musicales... ¡tuc, tuc!”
Ahab para sus adentros.
“¡He ahí una vista! ¡He ahí un sonido! ¡El pájaro carpintero de cabeza gris picoteando el árbol hueco! Con razón se envidiaría ahora a los ciegos y mudos. ¡Mirad! Ese trasto descansa sobre dos tinas de filástica, llenas de cables de remolque. Qué bromista tan malicioso, ese sujeto. ¡Tac-tac! ¡Así marcan los segundos el hombre! ¡Oh, cuán inmateriales son todos los materiales! ¿Qué cosas reales hay, aparte de los pensamientos imponderables? He aquí ahora el mismísimo y temido símbolo de la cruel muerte convertido, por una mera casualidad, en el signo expresivo del socorro y la esperanza de la vida más amenazada. ¡Un salvavidas hecho de un ataúd! ¿Va esto más allá? ¿Será posible que, en algún sentido espiritual, el ataúd no sea, después de todo, sino un conservador de la inmortalidad? Lo pensaré. Pero no. Tan hundido estoy en el lado oscuro de la tierra que su otro lado, el teórico y luminoso, me parece apenas un crepúsculo incierto. ¿No acabarás nunca, carpintero, con ese sonido maldito? Bajo a la cubierta; que no vea ese trasto aquí cuando vuelva a subir.