Y una vez Daggoo, asaltado por un repentino humor, ayudó a la memoria de Dough-Boy levantándolo en vilo y metiéndole la cabeza en una gran artesa de madera vacía, mientras Tashtego, cuchillo en mano, empezaba a trazar el círculo preliminar para arrancarle el cabellero.
Él era por naturaleza unhombrecillo muy nervioso y tembloroso, este mayordomo de cara de pan; engendro de un panadero en bancarrota y una enfermera de hospital.
Y entre el espectáculo permanente del negro y terrorífico Ahab, y las periódicas y tumultuosas visitas de aquellos tres salvajes, toda la vida de Dough-Boy era un continuo temblor de labios.
Por lo general, después de ver a los arponeros provistos de todo lo que pedían, escapaba de sus garras hacia su pequeña despensa contigua, y los espiaba con temor a través de las persianas de la puerta, hasta que todo hubo terminado.
Era todo un espectáculo ver a Queequeg sentado frente a Tashtego, contraponiendo sus dientes afilados a los del indio; en sentido transversal a ambos, Daggoo sentado en el suelo, pues un banco habría llevado su cabeza de penachos de carroza fúnebre hasta los bajos baos; haciendo temblar, a cada movimiento de sus miembros colosales, la baja estructura del sollado, como cuando un elefante africano viaja como pasajero en un barco.
Pero a pesar de todo esto, el gran negro era maravillosamente abstemio, por no decir delicado. Parecía casi imposible que con bocados tan comparativamente pequeños pudiera mantener la vitalidad difundida por una persona tan amplia, señorial y magnífica.
Mas, sin duda, este noble salvaje se alimentaba con fuerza y bebía profundamente del elemento abundante del aire; y a través de sus fosas nasales dilatadas aspiraba la vida sublime de los mundos. No de carne ni de pan se hacen ni se nutren los gigantes.