añadía otras. Pues con los mapas de los cuatro océanos ante sí, Ahab surcaba un laberinto de corrientes y remolinos, con vistas a la realización más certera de aquel pensamiento monomaníaco de su alma.
Ahora bien, para cualquiera que no esté plenamente familiarizado con las costumbres de los leviatanes, podría parecerle una tarea absurdamente desesperada pretender buscar así a una criatura solitaria en los océanos desatados de este planeta.
Pero no le parecía tal a Ahab, quien conocía el curso de todas las mareas y corrientes; y calculando con ello los desplazamientos del alimento del cachalote; y recordando también las estaciones regulares y establecidas para cazarlo en latitudes determinadas, podía llegar a conjeturas razonables, que casi rozaban la certeza, acerca del día más oportuno para encontrarse en este o aquel paraje en busca de su presa.
Tan seguro, en verdad, es el hecho relativo a la periodicidad con que el cachalote acude a determinadas aguas, que muchos ballenero creen que, si se le pudiera observar y estudiar de cerca en todo el mundo; si se cotejasen cuidadosamente los cuadernos de bitácora de un viaje de toda la flota ballenera, se descubriría entonces que las migraciones del cachalote corresponden en invariabilidad a las de los bancos de arenques o a los vuelos de las golondrinas.
Siguiendo esta sugerencia, se ha intentado construir elaborados mapas migratorios del cachalote.
Además, al realizar la travesía de un caladero a otro, los cachalotes, guiados por algún instinto infalible —digamos más bien, por una inteligencia secreta de la Divinidad—, nadan por lo común en venas, como se les llama; prosiguiendo su marcha a lo largo de una línea oceánica dada con tan invialable exactitud, que ningún barco surcó jamás su ruta, según carta alguna, con la décima parte de tan maravillosa precisión. Aunque, en tales casos, la dirección tomada por cualquier