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LXI

—¡Ahí van las aletas! —fue el grito, un anuncio al que siguió inmediatamente que Stubb sacara su cerilla y encendiera la pipa, pues ahora se concedía un respiro.

Transcurrido el intervalo completo de su inmersión, la ballena volvió a emerger y, al hallarse ahora por delante del bote del fumador, y mucho más cerca de él que de cualquier otro, Stubb contaba con el honor de la captura.

Era obvio, ahora, que la ballena por fin se había percatado de sus perseguidores. Toda la cautelosa reserva dejó por tanto de ser útil. Las palas fueron abandonadas y los remos entraron ruidosamente en acción. Y aún chupando de su pipa, Stubb animaba a su tripulación al asalto.

Sí, un gran cambio se había operado en el pez. Plenamente consciente de su peligro, avanzaba con la «cabeza fuera»; esa parte proyectándose oblicuamente de la frenética levadura que él mismo burbujeaba.

—¡Remad, remad, muchachos! No os apresuréis; tomároslo con calma, pero remad; remad como truenos, eso es todo —gritó Stubb, escupiendo el humo mientras hablaba—. Remad ahora; dadles la brazada larga y fuerte, Tashtego. Remad, Tash, muchacho; remad todos, pero con calma, con calma; la consigna es estar frescos como lechugas; suave, suave; solo

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