Obligados, pues, a la familiaridad con semejantes prodigios; y sabiendo que, tras repetidos y audaces ataques, la Ballena Blanca había escapado con vida; no puede causar gran sorpresa que algunos balleneros vayan aún más lejos en sus supersticiones; declarando a Moby Dick no solo ubicuo, sino inmortal (pues la inmortalidad no es sino la ubicuidad en el tiempo); que aunque se plantasen bosques de arpones en sus flancos, aún así se alejaría nadando ileso; o que si de verdad alguna vez se le hiciera arrojar sangre espesa, tal espectáculo no sería más que una espantosa superchería; pues de nuevo, en olas no ensangrentadas a cientos de leguas de distancia, su surtidor inmaculado volvería a verse.
Pero incluso despojado de estas conjeturas sobrenaturales, había lo suficiente en la complexión terrenal y el carácter incuestionable del monstruo como para impresionar la imaginación con una fuerza desacostumbrada.
Pues no era tanto su desusado volumen lo que tanto le distinguía de otros cachalotes, sino —como ya se indicó en otra parte— una peculiar frente arrugada de blancura nívea y una alta joroba blanca y piramidal.
Estos eran sus rasgos más sobresalientes; los signos con los que, incluso en los mares inmensos e inexplorados, revelaba su identidad, a gran distancia, a quienes lo conocían.
El resto de su cuerpo estaba tan surcado, y manchado, y marmóreo con el mismo tono velado, que, al final, se había ganado su distintivo apelativo de la Ballena Blanca; un nombre, en verdad, literalmente justificado por su vívido aspecto, cuando se le veía deslizarse en pleno mediodía a través de un mar azul oscuro, dejando una estela de vía láctea de espuma cremosa, toda salpicada de destellos dorados.
Tampoco era su tamaño inusual, ni su color notable, ni siquiera su mandíbula inferior deformada lo que dotaba a la ballena de un terror tan natural, sino esa malignidad inteligente y sin par que, según relatos concretos, había demostrado una y otra vez en sus ataques.