¡Pobre diablo! Digo yo, pasad el sombrero, alguien, y hagámosle un regalo de un poco de aceite por el amor de Dios. Porque el aceite que saque de esa ballena drogada de ahí no serviría ni para quemarlo en una cárcel; no, ni en una celda de condenados a muerte. Y en cuanto a la otra ballena, pues bien, acepto conseguir más aceite troceando y friendo estos tres palos nuestros, que el que él sacará de ese puñado de huesos; aunque, ahora que lo pienso, tal vez contenga algo que valga mucho más que el aceite; sí, ámbar gris. Me pregunto ahora si nuestro viejo habrá pensado en eso. Vale la pena intentarlo. Sí, yo voy a por ello; y diciendo esto se encaminó hacia el
Para entonces la débil brisa se había calmado por completo; de modo que, quisiese o no, el Pequod estaba ahora atrapado de lleno en el tufo, sin esperanza de escapar a menos que volviera a levantarse el viento.
Saliendo de la cámara, Stubb llamó a su tripulación y remó hacia el extraño buque. Al cruzarse por su proa, advirtió que, de acuerdo con el caprichoso gusto francés, la parte superior de la roda estaba tallada a semejanza de un enorme tallo marchito, pintada de verde y provista de espinas hechas con clavos de cobre que sobresalían aquí y allá; todo ello rematado en un bulbo simétricamente plegado y de color rojo vivo.
En las tablas de su amurada, con grandes letras doradas, leyó «Bouton de Rose», es decir, Botón de Rosa; y ese era el romántico nombre de aquel barco aromático.
Aunque Stubb no entendía la parte de Bouton de la inscripción, la palabra rosa, y el mascarón bulboso juntos, le explicaban suficientemente todo.
—¿Un capullo de rosa de madera, eh? —exclamó llevándose la mano a la nariz—; eso servirá muy bien; ¡pero a qué demonios huele!