una compañía morena y fornida, de barbas boscosas; un grupo desaliñado y lanudo, que vestía chaquetones marineros a guisa de batas matutinas.
Se podía notar con bastante claridad cuánto tiempo llevaba en tierra cada uno.
- Este joven tiene la mejilla sana, del color de una pera tostada por el sol, y parecería oler casi al mismo almizcle; no puede haber desembarcado de su viaje a las Indias hace ni tres días.
- Aquel hombre a su lado luce unos tonos más claro; se diría que hay un toque de madera de satén en él.
- En el cutis de un tercero aún perdura un bronceado tropical, aunque algo desteñido; sin duda ha permanecido semanas enteras en tierra.
Pero ¿quién podría mostrar una mejilla como la de Queequeg? La cual, surcada de varios tintes, parecía la vertiente occidental de los Andes, que muestra en un solo despliegue, climas contrastantes, zona tras zona.
—¡A comer, muchachos! —gritó entonces el mesonero, abriendo de par en par una puerta, y entramos a desayunar.
Dicen que los hombres que han visto el mundo, por ese mismo hecho adquieren mucha soltura de modales, mucha seguridad en sociedad. No siempre, sin embargo: Ledyard, el gran viajero de Nueva Inglaterra, y Mungo Park, el escocés; de todos los hombres, eran los que poseían menos aplomo en el salón. Pero tal vez el mero hecho de cruzar Siberia en un trineo tirado por perros, como hizo Ledyard, o realizar una larga caminata solitaria con el estomago vacío por el corazón negro de África, que fue el resumen de las hazañas del pobre Mungo —este tipo de viajes, digo, tal vez no sea el mejor modo de alcanzar una refinada elegancia social.