póliza de seguros del propietario. Solo era consciente de la condensada y confidencial comodidad de compartir una pipa y una manta con un amigo de verdad.
Con las burdas chaquetas ceñidas a los hombros, nos pasamos entonces el Tomahawk de uno a otro, hasta que lentamente se fue formando sobre nosotros un dosel azulado de humo, iluminado por la llama de la lámpara recién encendida.
Ya fuere porque aquel dosel ondulante transportó al salvaje a lejanas tierras, no lo sé, pero ahora hablaba de su isla natal; y, ansioso por conocer su historia, le rogué que siguiera y la contara.
Él accedió con gusto. Aunque en aquel momento apenas comprendí no pocas de sus palabras, las revelaciones posteriores, cuando ya me hube familiarizado más con su fraseo entrecortado, me permiten ahora presentar toda la historia tal y como puede resultar en el mero esqueleto que ofrezco.