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XXXIII. El Specksnyder

Tanta virtud se oculta en estas pequeñas cosas cuando las supersticiones políticas extremas las revisten, que en algunos casos reales hasta a la idiotez imbécil le han conferido potencia. Pero cuando, como en el caso del zar Nicolás, la corona anillada de un imperio geográfico ciñe un cerebro imperial; entonces, las manadas plebeyas se agachan humilladas ante la tremenda centralización.

Tampoco el dramaturgo trágico que quiera representar la indomitabilidad mortal en su amplitud máxima y su impulso directo, olvidará jamás una sugerencia, incidentalmente tan importante en su arte, como la que acabamos de aludir.

Pero Ahab, mi Capitán, todavía se mueve ante mí con toda su severidad y aspereza de Nantucket; y en este episodio que toca a Emperadores y Reyes, no debo ocultar que sólo tengo que ver con un pobre y viejo ballenero como él; y, por lo tanto, se me niegan todos los abalorios y arneses de la majestad exterior.

¡Oh, Ahab! ¡Lo que haya de ser grande en ti, ha de ser arrancar de los cielos, y bucear en las profundidades, y delinearse en el aire incorpóreo!

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