a una expedición de exploración y se adentró profundamente en el interior, donde viajó durante un periodo de casi dos años, amenazado a menudo por serpientes, salvajes, tigres, miasmas venenosos y todos los demás peligros habituales inherentes a vagar por el corazón de regiones desconocidas. Mientras tanto, la ballena a la que había golpeado también debió de estar de viaje; sin duda había circunnavegado el globo tres veces, rozando con sus flancos todas las costas de África; pero todo en vano. Este hombre y esta ballena volvieron a encontrarse, y el uno venció a la otra.
Digo que yo, en persona, he conocido tres casos semejantes a este; es decir, en dos de ellos vi a las ballenas arponearse y, tras el segundo ataque, vi los dos arpones con sus respectivas marcas grabadas, extraídos después del cetáceo muerto.
En el caso de los tres años, dio la casualidad de que yo iba en el bote ambas veces, la primera y la última, y la última vez reconocí claramente una especie peculiar de enorme lunar debajo del ojo de la ballena, que había observado allí tres años antes. Digo tres años, pero estoy bastante seguro de que fue más que eso.
He aquí, pues, tres casos de cuya verdad soy testigo personal; pero he oído de muchos otros casos por medio de personas cuya veracidad en el asunto no hay motivo fundado para poner en duda.
En segundo lugar: Es bien sabido en la pesca del cachalote, por ignorante que al respecto sea el mundo de tierra firme, que ha habido varios casos históricos memorables en los que una ballena en particular ha sido popularmente reconocible en el océano en diferentes momentos y lugares distantes. El motivo por el cual tal ballena llegaba a distinguirse de ese modo no se debía en absoluto y originalmente a sus peculiaridades corporales en