Al fin nos levantamos y nos vestimos; y Queequeg, tomándose un desayuno prodigiosamente contundente a base de sopas de pescado de todas clases, para que la dueña de la pensión no sacara mucho provecho con motivo de su Ramadán, salimos a empavesarnos rumbo al Pequod, paseando con calma y mondándonos los dientes con espinas de fletán.
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XVII. Ramadán
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