Una ballena desacostumbradamente grande, cuyo cuerpo era mayor que el del propio barco, yacía casi en la superficie del agua, pero nadie a bordo la percibió hasta el momento en que el buque, que iba a toda vela, estuvo casi encima de ella, de modo que fue imposible evitar chocar contra ella. Nos vimos así expuestos al peligro más inminente, pues esta criatura gigantesca, encorvándose, levantó el barco tres pies al menos fuera del agua. Los mástiles se tambalearon y las velas cayeron por completo, mientras que los que estábamos abajo saltamos al instante a la cubierta, deduciendo que habíamos chocado contra alguna roca; en vez de esto, vimos al monstruo alejarse nadando con la mayor gravedad y solemnidad. El capitán D’Wolf acudió inmediatamente a las bombas para examinar si la embarcación había sufrido algún daño a causa del impacto, pero descubrimos que, por fortuna, había salido completamente indemne”.
Ahora bien, el capitán D’Wolf a quien aquí se alude como comandante del barco en cuestión, es un nativo de Nueva Inglaterra que, tras una larga vida de aventuras inusuales como capitán de barco, hoy en día reside en el pueblo de Dorchester, cerca de Boston. Tengo el honor de ser sobrino suyo.
Le he interrogado particularmente acerca de este pasaje de Langsdorff. Él corrobora cada palabra.
El barco, sin embargo, no era en absoluto grande: una embarcación rusa construida en la costa siberiana y comprada por mi tío tras truequear el buque en el que había zarpado de casa.
En aquel libro varonil de idas y vueltas y de aventuras a la antigua, tan repleto también de honestas maravillas—el viaje de Lionel Wafer, uno de los viejos camaradas del antiguo Dampier—, hallé un pequeño asunto consignado de manera tan parecida al que acabo de citar de Langsdorff, que no puedo dejar de insertarlo aquí como ejemplo corroborativo, por si tal cosa fuera necesaria.