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XLI. Moby Dick

disminuyó, sino que se contrajo con mayor profundidad; como el caudaloso Hudson, cuando ese noble norteño fluye angosta pero insondablemente a través del desfiladero de las Tierras Altas.

Pero, así como en su monomanía de curso estrecho no había quedado atrás ni una jota de la vasta locura de Ahab; así en esa vasta locura no había perecido ni una jota de su gran intelecto natural.

Aquel agente antes viviente, se convirtió ahora en el instrumento viviente.

Si se permite tan furioso tropo, su locura particular asaltó su cordura general, la conquistó y volvió todos sus cañones concentrados contra su propio blanco de demencia; de modo que, lejos de haber perdido su fuerza, Ahab, para ese único fin, poseía ahora mil veces más potencia que la que jamás hubiera empleado sobriamente en pos de cualquier objeto razonable.

Esto es mucho; pero la parte mayor, más oscura y más honda de Ahab sigue sin insinuarse. Mas es vano popularizar las profundidades, y toda verdad es profunda. Descendiendo largamente desde el mismísimo corazón de este puntiagudo Hotel de Cluny en el que aquí nos hallamos —por grande y maravilloso que sea, abandonadlo ya—; y tomad vuestro camino, almas más nobles y más tristes, hacia aquellas vastas salas romanas de las Termas; donde muy por debajo de las fantásticas torres de la tierra superior del hombre, su raíz de grandeza, su entera y terrible esencia se sienta en majestad barbada; ¡un anticuario enterrado bajo antigüedades, y entronizado sobre torsos! Así, con un trono roto, los grandes dioses se burlan de ese rey cautivo; así, como una Cariátide, se sienta paciente, sosteniendo sobre su frente helada los entablamentos apiñados de las edades.

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