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XXVI. Caballeros y escuderos

Pero bien pronto veremos lo que esa palabra «prudente» significa con precisión cuando la usa un hombre como Stubb, o casi cualquier otro cazador de ballenas.

Starbuck no era un cruzado en busca de peligros; en él el valor no era un sentimiento, sino algo que le resultaba simplemente útil y que tenía siempre a mano en todas las ocasiones de estricta necesidad práctica.

Además, pensaba tal vez que, en este negocio de la caza de ballenas, el valor era uno de los suministros básicos del barco, como la carne y el pan, y no debía desperdiciarse tontamente.

Por lo cual no le apetecía echar los botes al agua en busca de ballenas después del atardecer, ni insistir en combatir a un pez que insistía demasiado en combatirlo a él.

Pues, pensaba Starbuck, estoy aquí, en este océano peligroso, para matar ballenas y ganarme la vida, no para que ellas me maten a mí para ganar la suya; y Starbuck sabía muy bien que cientos de hombres habían muerto así.

¿Cuál había sido el destino de su propio padre? ¿Dónde, en los abismos sin fondo, podría encontrar los miembros destrozados de su hermano?

Con recuerdos como estos en su interior y, además, dado a cierta superstición, como se ha dicho; el valor de este Starbuck, que aun así podía florecer, debía de ser en verdad extraordinario. Pero no estaba en la naturaleza razonable que un hombre así constituido, y con tan terribles experiencias y recuerdos como los que tenía; no estaba en la naturaleza que estas cosas dejaran de engendrar latentemente en él un elemento que, en las circunstancias adecuadas, se desbocaría y quemaría todo su valor. Y por muy valiente que fuera, se trataba principalmente de esa clase de valor, visible en algunos hombres intrépidos, que, aunque por lo general

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