—¡Maldito barco! ¡Que se hunda! —gritó Stubb en este preciso instante, al tiempo que un mar batiente se alzaba bajo su propia y pequeña embarcación, de modo que la borda le machacó violentamente la mano mientras pasaba un cabo—. ¡Maldito sea! —, pero resbalando hacia atrás en la cubierta, sus ojos alzados divisaron las llamas; y cambiando de tono inmediatamente, gritó—: ¡Que los corposantos se apiaden de todos nosotros!
Para los marineros, los juramentos son palabras de uso cotidiano; jurarán en el trance de la calma y en las fauces de la tempestad; proferirán maldiciones desde las veras de gavia, cuando más se inclinen sobre un mar hirviente; pero en todas mis travesías, pocas veces he oído un juramento común cuando el dedo ardiente de Dios se ha posado sobre el barco; cuando Su Mene, Mene, Tekel Upharsin se ha tejido en los obenques y en la jarcia.
Mientras esta palidez ardía en lo alto, pocas palabras se escucharon de la tripulación encantada, la cual, apiñada en un denso grupo sobre el castillo de proa, tenía los ojos brillando a la luz de aquella pálida fosforescencia, como una constelación de estrellas lejanas.
Recortado contra la luz fantasmagórica, el gigantesco negro azabache, Daggoo, se alzó hasta triplicar su verdadera estatura y parecía la nube negra de la que había surgido el trueno. La boca entreabierta de Tashtego dejaba ver sus dientes blancos como tiburón, los cuales brillaban extrañamente como si también hubiesen sido tocados por fuegos de San Telmo; mientras que, iluminados por la luz sobrenatural, los tatuajes de Queequeg ardiendo como llamas azules satánicas sobre su cuerpo.
El cuadro entero se desvaneció por fin con la palidez de lo alto; y una vez más el Pequod y cada alma en su cubierta quedaron envueltos en un crespón.