Pero una cosa, sin embargo, que me hacía dudar un poco acerca de recibir una parte generosa de las ganancias era esta: En tierra, había oído algo acerca del capitán Peleg y de su inescrutable viejo camarada Bildad; cómo, al ser ellos los principales propietarios del Pequod, los demás dueños, más insignificantes y dispersos, dejaban casi toda la gestión de los asuntos del barco en manos de estos dos. Y no sabía si el tacaño del viejo Bildad podría tener muchísimo que decir sobre la contratación de la tripulación, especialmente ahora que lo encontraba a bordo del Pequod, como en su propia casa en el camarote, y leyendo su Biblia como si estuviera junto a su propia chimenea. Ahora bien, mientras Peleg intentaba en vano arreglar una pluma con su navaja, el viejo Bildad, para sorpresa mía no pequeña, considerando que era una parte tan interesada en estos procedimientos; Bildad no nos hizo caso alguno, sino que siguió mascullando para sí mismo de su libro: «No os hagáis tesoros en
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XVI. El Barco
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