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C

corvo para la grasa, ahora limpio y seco, todavía pendía del extremo. Este fue bajado rápidamente hacia Ahab, quien, comprendiéndolo todo al instante, deslizó su único muslo en la curva del gancho (era como sentarse en la uña de un ancla o en la horqueta de un manzano) y, dando entonces la orden, se sostuvo firmemente y al mismo tiempo ayudó a izar su propio peso, tirando a brazo partido de uno de los cabos corredizos del aparejo. Pronto fue balanceado con cuidado hacia el interior de las altas bordas y depositado suavemente sobre la cabeza del cabrestante. Con su brazo de marfil extendido francamente en señal de bienvenida, el otro capitán se adelantó, y Ahab, sacando su pierna de marfil y cruzando el brazo de marfil (como dos hojas de pez espada), exclamó a su manera de morsa: «¡Sí, sí, muchacho! ¡estrechemos huesos! —¡un brazo y una pierna!—, un brazo que jamás puede encogerse, ¿ves?, y una pierna que jamás puede huir. ¿Dónde viste a la Ballena Blanca?, ¿hace cuánto tiempo?».

—La Ballena Blanca —dico el inglés, señalando con su brazo de marfil hacia el este y tomando una triste mira a lo largo de él, como si hubiera sido un catalejo—; allí lo vi, en la línea equinoccial, la temporada pasada.

—¿Y le arrancó ese brazo, verdad? —preguntó Ahab, deslizándose ahora desde el cabrestante y apoyándose en el hombro del inglés al hacerlo.

—Sí, él fue la causa, al menos; ¿y esa pierna también?

—Cuéntame la historia —dijo Ahab—; ¿cómo fue?

—Era la primera vez en mi vida que navegaba en la Línea —comenzó el inglés—. Yo no sabía nada de la Ballena Blanca por aquel entonces. Bien, un día bajamos tras un grupo de cuatro o cinco ballenas, y mi bote se ató a una de ellas; un verdadero caballo de circo, por cierto, que daba tantas

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