Sé que algunos de vosotros tenéis la boca muy grande, más grande que los demás; pero es que las bocas grandes a veces tienen estómagos pequeños; de modo que la grandeza de la boca no es para tragarse nada, sino para morder el redaño de grasa para los tiburoncitos de la purria que no pueden meterse en la rebumbio a servirse por sí mismos.
—¡Bien hecho, viejo Fleece! —exclamó Stubb—; eso es cristianismo; sigue adelante.
«No sirve de na’ seguí; los malditos villanos van a seguí empujándose y dándose manotazos el uno al otro, amo Stubb; no oyen ni una sola palabra; no sirve predicarle a unos malditos tragones como usté los llama, hasta que tengan la barriga llena, y la barriga de ellos no tiene fondo; y cuando por fin la llenan, ni entonces van a oírle; porque entonces se hunden en el mar, se quedan bien dormidos sobre el coral y ya no pueden oír na’ de na’, por los siglos de los siglos».
“¡Voto a bríos que soy casi de la misma opinión; así que da la bendición, Fleece, y me iré a cenar!”
Dicho esto, Fleece, alzando ambas manos sobre la multitud pisciforme, elevó su voz chillona y exclamó:
“¡Malditos compatriotas! ¡armen el escándalo más condenado que puedan; llénense las malditas panzas hasta que revienten, y luego mueran!”
—Ahora, cocinero —dijo Stubb, reanudando su cena en el cabrestante—; párate exactamente donde estabas antes, allí, enfrente de mí, y presta mucha atención.
—Toda la dención —dijo Fleece, volviéndose a encorvar sobre sus tenazas en la posición deseada.