El mosquete
Durante las sacudidas más violentas del tifón, el hombre que iba a la caña de mandíbula de ballena del Pequod había sido arrojado a la cubierta varias veces, dando tumbos, debido a sus movimientos espasmódicos, a pesar de que se le habían amarrado unos aparejos de respeto —pues estaban flojos—, ya que cierto juego en la caña era indispensable.
En un vendaval tan furioso como éste, mientras el barco no es más que un volante sacudido por la ráfaga, no es en absoluto raro ver las agujas de las compases dar vueltas y vueltas a intervalos.
Así ocurría con las del Pequod; en casi cada sacudida el timonel no había dejado de notar la velocidad vertiginosa con la que giraban sobre las rosas de los vientos; es un espectáculo que casi nadie puede contemplar sin experimentar alguna clase de emoción insólita.
Algunas horas después de medianoche, el tifón amainó tanto que, gracias a los enérgicos esfuerzos de Starbuck y Stubb —ocupado el uno en la proa y el otro en la popa—, los restos destrozados del foque y de las velas de mesana, trinquete y gavia fueron cortados y liberados de las perchas, alejándose en remolinos a sotavento como las plumas de un albatros, que a veces son arrojadas a los vientos cuando esa ave azotada por la tempestad está en vuelo.
Las tres nuevas velas correspondientes ya estaban envergadas y tomadas de rizos, y se izó una vela cangreja de temporal más a popa; de modo que pronto el barco volvió a avanzar por el agua con cierta precisión; y el rumbo —por el momento, este-sudeste— que debía seguir, de ser