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XCIX

En su borde circular llevaba las letras: Republica del Ecuador: Quito. De modo que esta brillante moneda procedía de un país situado en el medio del mundo, bajo el gran ecuador, y bautizado con su nombre; y había sido acuñada a media altura de los Andes, en el clima sempiterno que no conoce el otoño. Rodeada por esas letras se veía la efigie de tres cumbres andinas; * de una brotaba una llama; * una torre sobre la segunda; * sobre la tercera, un gallo cantando; mientras que, arqueándose sobre todo ello, aparecía un segmento del zodíaco dividido, con los signos marcados todos con sus habituales cabalas, y el sol clave entrando en el punto equinoccial

Ante esta moneda ecuatorial, Ahab, no sin ser observado por otros, se detuvo ahora.

“Hay algo siempre egotista en las cumbres de las montañas y en las torres, y en todas las demás cosas grandes y elevadas; mirad aquí⁠—tres picos tan orgullosos como Lucifer. La torre firme, ése es Ahab; el volcán, ése es Ahab; la gallarda, intrépida y victoriosa ave, ése también es Ahab; todos son Ahab; y este oro redondo no es sino la imagen del globo más redondo que, como el espejo de un mago, a todos y a cada uno de los hombres a su vez no hace más que devolverle reflejado su propio y misterioso ser. Grandes fatigas, pequeñas ganancias para aquellos que piden al mundo que los resuelva; él no puede resolverse a sí mismo. Me parece ahora que este sol acuñado ostenta un rostro rubicundo; ¡mas ved! ¡sí, entra en el signo de las tormentas, el equinoccio! ¡y hace apenas seis meses que salió girando de un equinoccio anterior en Aries! ¡De tormenta en tormenta! Que así sea, pues. ¡Nacido entre dolores del parto, es justo que el hombre viva con penas y muera con agonías! ¡Que así sea,

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