encaprichamiento, o fidelidad, o destino, a sus antes encumbrados puestos, los arponeros paganos aún mantenían sus oteaderos que se hundían en el mar. Y ahora, círculos concéntricos atraparon al solitario bote mismo, y a toda su tripulación, y a cada remo flotante, y a cada asta de lanza, y dando vueltas, animados e inanimados, todos en redondo dentro de un mismo vórtice, hicieron desaparecer hasta el último fragmento del Pequod.
Pero mientras las últimas olas anegadoras se precipitaban mezcladas sobre la cabeza sumergida del indio en el trinquete, dejando visibles todavía unas cuantas pulgadas del mástil erguido, junto con las largas vergas ondeantes de la bandera, que se mecían con calma, en irónica coincidencia, sobre las olas destructoras que casi rozaban;—en ese instante, un brazo rojo y un martillo pendían alzados hacia atrás en el aire libre, en el acto de clavar la bandera cada vez con más firmeza al mástil que se hundía.
Un halcón marino que, con burla, había seguido al tope del palo mayor en su descenso desde su hogar natural entre las estrellas, picoteando la bandera e incomodando allí a Tashtego; este pájaro acertó entonces a interponer su ancha ala revoloteadora entre el martillo y la madera; y al sentir simultáneamente aquel étereo estremecimiento, el salvaje sumergido allá abajo, en su estertor de muerte, dejó su martillo inmovilizado allí; y así el ave del cielo, con gritos de arcángel, y su pico imperial apuntando hacia arriba, y toda su cautiva forma envuelta en la bandera de Ahab, se fue a pique con su nave, la cual, como Satanás, no quiso hundirse en el infierno sin arrastrar consigo una parte viva del cielo, coronándose con ella como con un yelmo.
Ahora pequeñas aves volaban gritando sobre el abismo aún abierto de par en par; una resaca blanca y hosca golpeaba contra sus empinadas laderas; luego todo se desmoronó, y el gran sudario del mar siguió rodando como rodaba hace cinco mil años.