cierta distancia? De algún modo, verlo me impresionó tanto que no le dije nada a Queequeg de que venía detrás, sino que seguí adelante con mi compañero, ansioso por ver si el desconocido doblaría la misma esquina que nosotros. Lo hizo; y entonces me pareció que nos venía pisando los talones, aunque con qué intenciones no cabía imaginarlo por nada del mundo. Esta circunstancia, unida a su modo de hablar ambiguo, entre sugerente y revelador, envuelto en misterio, empezó a engendrar en mí toda clase de vagos asombros y temores confusos, todos relacionados con el Pequod; y el capitán Ahab; y la pierna que había perdido; y el ataque de cabo de Hornos; y el calabazo de plata; y lo que el capitán Peleg había dicho de él cuando dejé el barco el día anterior; y la predicción de la india Tistig; y el viaje al que nos habíamos comprometido; y un centenar de cosas más veladas.
Estaba resuelto a averiguar si aquel andrajoso Elías nos estaba persiguiendo de verdad o no, y con ese propósito crucé al otro lado de la calle con Queequeg, y por ese lado desanduvimos nuestros pasos. Pero Elías pasó de largo, sin parecer notarnos. Esto me tranquilizó; y una vez más, y esta vez definitivamente según me pareció, lo catalogué en mi fuero interno como un impostor.