Tras un fuerte tirón, su arponero se clavó, y, arpón en mano, Radney saltó a la proa. Siempre fue un hombre furioso, al parecer, en una barca. Y ahora su grito vendado era que lo encallara sobre el lomo más alto de la ballena.
Nada reacio, su proel lo arrastró más y más arriba, a través de una espuma cegadora que fundía dos blancuras en una; hasta que de pronto la chalupa chocó como contra un arrecife sumergido y, escorándose, arrojó al oficial que iba de pie.
En ese instante, al caer sobre el resbaladizo lomo de la ballena, la chalupa se enderezó y fue arrojada a un lado por el oleaje, mientras Radney era lanzado al mar, por el otro flanco del cetáceo.
Nadó con fuerza a través de la bruma y, por un instante, se le vio vagamente a través de aquel velo, intentando desesperadamente apartarse de la mirada de Moby Dick. Pero la ballena giró bruscamente formando un remolino; atrapó al nadador entre sus mandíbulas y, alzándose con él en lo alto, se sumergió de nuevo de cabeza y desapareció en las profundidades.
“Mientras tanto, al primer roce del fondo de la chalupa, el hombre del lago había aflojado la línea, de modo de alejarse de la resaca hacia la popa; mirando con calma, cavilaba en sus propios pensamientos.
Pero un repentino y terrible tirón de la chalupa hacia abajo llevó rápidamente su cuchillo hasta la cuerda. La cortó, y la ballena quedó libre.
Sin embargo, a cierta distancia, Moby Dick volvió a emerger con algunos jirones de la camisa roja de lana de Radney atrapados en los dientes que lo habían destruido. Las cuatro chalupas emprendieron la persecución de nuevo; pero la ballena las esquivó y, al fin, desapareció por completo.