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CXXXIII

En larga fila india, como cuando las garzas emprenden el vuelo, las aves blancas volaban ahora todas hacia el ballenero de Ahab; y al encontrarse a pocas yardas, comenzaron a batir alas revoloteando sobre el agua, dando vueltas y más vueltas, con gritos jubilosos y expectantes.

Su vista era más aguda que la del hombre; Ahab no divisaba señal alguna en el mar.

Pero de repente, al mirar una y otra vez hacia las profundidades, vio con nitidez una mancha blanca y viva, no más grande que una comadreja blanca, que ascendía con maravillosa celeridad y aumentaba de tamaño a medida que subía, hasta que dio la vuelta y entonces se revelaron claramente dos largas hileras torcidas de dientes blancos y relucientes, que flotaban desde el fondo insondable.

Era la boca abierta y la mandíbula en forma de voluta de Moby Dick; su vasto y sombrío bulto aún se fundía a medias con el azul del mar.

La reluciente boca se abrió bajo el bote como una tumba de mármol de puerta abierta; y dando un golpe de costado con su remo de dirección, Ahab apartó la embarcación de esta tremenda aparición.

Luego, pidiendo a Fedallah que cambiara de sitio con él, se adelantó hacia la proa y, empuñando el arpón de Perth, ordenó a su tripulación que tomaran los remos y se prepararan para dar atrás.

Ahora bien, debido a este oportuno giro de la embarcación sobre su eje, su proa, por anticipación, quedó orientada hacia la cabeza de la ballena mientras esta aún se encontraba bajo el agua. Pero como si hubiera percibido esta estratagema, Moby Dick, con esa maliciosa inteligencia que se le atribuye, se desplazó de lado por decirlo así en un instante, deslizando su cabeza replegada a lo largo por debajo del bote.

De parte a parte; a través de cada tablazón y cada costilla, vibró por un instante, con la ballena tendida oblicuamente sobre el lomo, a la manera

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