como el de Ahab, contemplaba el mismo sol que él; solo que los párpados de sus ojos medio captaban sus esferas, y su rostro salvaje se hallaba domeñado por una impasibilidad terrenal. Por fin se tomó la observación deseada; y con su lápiz sobre su pierna de marfil, Ahab calculó pronto cuál debía ser su latitud en aquel instante preciso. Luego, cayendo en un momento de ensueño, volvió a mirar hacia el sol y murmuró para sí: > «¡Baliza marina! ¡Alto y poderoso Piloto! Me dices con verdad dónde estoy, ¡pero puedes dar la más leve pista de dónde estaré? ¿O puedes decir dónde alguna otra cosa además de mí está viviendo en este momento? ¿Dónde está Moby Dick? En este instante debes de estar mirándolo tú a él. ¡Estos ojos míos miran al mismísimo ojo que lo está contemplando ahora mismo; sí, y al ojo que está ahora mismo contemplando igualmente los objetos del lado desconocido, de allá, de ti, oh
Luego, contemplando su cuadrante y manejando, uno tras otro, sus numerosos artificios cabalísticos, meditó de nuevo y murmuró: > “¡Juguete necio! chuchería de niños de orgullosos Almirantes, Comodoros y Capitanes; el mundo se jacta de ti, de tu astucia y poder; pero, al fin y al cabo, ¿qué puedes hacer tú sino señalar el pobre y lastimoso punto donde tú mismo te encuentras en este ancho planeta, y la mano que te sostiene?: ¡no! ¡ni un ápice más! No puedes decir dónde estará una sola gota de agua o un grano de arena mañana a mediodía; y, sin embargo, ¡con tu impotencia insultas al sol! ¡Ciencia! Maldita seas, vuestro vano juguete, y malditas sean todas las cosas que alzan los ojos del hombre hacia ese cielo cuya viva viveza no hace más que