entonces opino que se nos daría la razón de por qué su sentido del olfato parece estar atrofiado en ella; pues lo único que en ella se corresponde en algo con la nariz es ese idéntico espiráculo; y al estar tan obstruido con dos elementos, no cabría esperar que tuviese la facultad de oler. Pero debido al misterio del soplo —ya sea agua o ya sea vapor—, todavía no se puede llegar a ninguna certeza absoluta sobre este particular. Bien cierto es, sin embargo, que el cachalote no posee órganos olfativos propiamente dichos. ¿Pero para qué los quiere? No hay rosas, ni violetas, ni agua de Colonia en el mar.
Además, como su tráquea se abre únicamente en el conducto de su canal espiráculo, y como ese largo canal —al igual que el gran canal de Erie— está provisto de una especie de esclusas (que se abren y se cierran) para retener el aire hacia abajo o excluir el agua hacia arriba, por lo tanto la ballena no tiene voz; a menos que la insultes diciendo que, cuando rumorea de manera tan extraña, habla por la nariz. Pero, por otra parte, ¿qué tiene que decir la ballena? Rara vez he conocido a un ser profundo que tuviera algo que decir a este mundo, a menos que se viera obligado a balbucear algo para ganarse la vida. ¡Oh! ¡Feliz de que el mundo sea un oyente tan excelente!
Ahora bien, el canal soplador del Cachalote, destinado principalmente como está a la conducción del aire, y extendido a lo largo de varios pies, horizontalmente, justo debajo de la superficie superior de su cabeza y un poco hacia un lado; este curioso canal es muy parecido a una cañería de gas instalada en una ciudad a un lado de una calle. Pero vuelve a plantearse la cuestión de si esta cañería de gas es también una cañería de agua; en otras palabras, si el soplo del Cachalote es el mero vapor del aliento exhalado, o si ese aliento exhalado se mezcla con el agua tragada por la boca y expulsada a través del espiráculo.