lo gobierna, no tengo llave para
Un estallido de jolgorio desde el castillo de proa.
¡Oh, Dios! ¡navegar con una tripulación tan pagana, que apenas tiene algo de madres humanas! Pariéndola en alguna parte el mar tiburonero.
La ballena blanca es su demorgorgón. ¡Escucha! ¡Las orgias infernales! ¡Esa jarana está a proa! ¡Nota el silencio inquebrantable a popa!
Me parece que pinta la vida. Adelante, a través del mar centelleante, se dispara la proa alegre, batalladora y burlona, pero solo para arrastrar al oscuro Ahab tras ella, donde medita dentro de su camarote de popa, construido sobre el agua muerta de la estela, y más allá, perseguido por sus gorgoteos lobunos.
¡El largo aullido me atraviesa de parte a parte! ¡Paz! ¡vosotros, jaraneros, y montad la guardia!
¡Oh, vida! Es en una hora como esta, con el alma abatida y atada al conocimiento —como se obliga a comer a las criaturas salvajes e incultas—, ¡oh, vida! ¡Es ahora cuando siento el horror latente en ti! ¡pero no soy yo! ¡ese horror está fuera de mí! y con el blando sentimiento de lo humano que hay en mí, aun así intentaré luchar contra vosotros, ¡oh, sombríos y fantasmales futuros! ¡Acompañadme, sostenedme, atadme, oh, influencias benditas!