El castillo de popa
Entra Ahab: Después, todos.
No pasó mucho tiempo después del asunto de la pipa, cuando una mañana, poco después del desayuno, Ahab, según era su costumbre, subió por la escala de la cámara hasta la cubierta. Allí suelen pasear la mayoría de los capitanes de mar a esa hora, tal como los hacendados rurales, después de la misma comida, dan unos cuantos pasos por el jardín.
Pronto se oyó su paso firme y de marfil, mientras iba y venía en sus viejas rondas, sobre tablones tan familiares a su andar que estaban todos abollados, como piedras geológicas, con la marca peculiar de su marcha. Si uno miraba fijamente también aquella frente surcada y abollada, allí también se verían huellas aún más extrañas: las huellas de su único pensamiento insomne y siempre errante.
Pero en la ocasión en cuestión, aquellas abolladuras parecían más hondas, del mismo modo que su paso nervioso de aquella mañana dejaba una huella más profunda. Y tan lleno estaba Ahab de su pensamiento, que a cada vuelta uniforme que daba, ora junto al palo mayor, ora junto a la bitácora, casi se podía ver ese pensamiento girar en él mientras él giraba, y caminar en él mientras caminaba; poseyéndole de tal modo, en verdad, que poco faltaba para que pareciera el molde interior de cada movimiento exterior.
—¿Le notas, Flask? —susurró Stubb—; el polluelo que lleva dentro picotea el cascarón. No tardará en salir.