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¿Es este el anciano todavía beligerante, apostado en las esquinas de los tres reinos, exigiendo por todas partes limosna a los mendigos?

Se verá fácilmente que en este caso el supuesto derecho del Duque sobre la ballena era delegado del Soberano. Debemos indagar entonces sobre qué principio el Soberano está investido originariamente de ese derecho. La ley misma ya ha sido expuesta. Pero Plowdon nos da la razón de ello.

Dice Plowdon, la ballena así capturada pertenece al Rey y a la Reina, «debido a su excelencia superior».

Y por los comentaristas más sensatos esto ha sido tenido siempre por un argumento contundente en tales asuntos.

¿Pero por qué ha de tener el Rey la cabeza, y la Reina la cola? ¡Una razón para eso, abogaduchos!

En su tratado sobre el «Oro de la Reina», o la asignación de dinero para los gastos personales de la reina, un viejo autor del Tribunal del Banquillo del Rey, cierto William Prynne, se explaya de este modo:

«La cola es de la reina, para que el guardarropa de la reina pueda abastecerse con las varillas de ballena».

Ahora bien, esto fue escrito en una época en que el hueso flexible y negro de la ballena de Groenlandia o ballena franca se usaba mucho en los corpiños de las damas. Pero este mismo hueso no está en la cola; está en la cabeza, lo cual es un triste error para un abogado sagaz como Prynne.

Pero ¿es la reina una sirena, para que le ofrezcan una cola? Aquí podría acechar un significado alegórico.

Hay dos peces reales así denominados por los jurisconsultos ingleses: la ballena y el esturión; ambos propiedad real bajo ciertas limitaciones, y que nominalmente suministran la décima rama de la renta ordinaria de la

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