fuera del bote por anticipado, de alguna manera y en alguna parte; de lo contrario, el más terrible peligro envolvería a toda la tripulación. Arrojado al agua es, por lo tanto, en tales casos; los rollos de reserva de la línea de cajón (mencionados en un capítulo anterior) haciendo que esta hazaña, en la mayoría de los casos, sea prudentemente factible. Pero este acto crítico no siempre está exento de las más tristes y fatales desgracias.
Además: debéis saber que, cuando el segundo arpón es arrojado por la borda, se convierte desde entonces en un terror colgante y de cantos afilados, que culebrea con nerviosismo alrededor tanto del bote como de la ballena, enredando las líneas, o cortándolas, y causando una sensación prodigiosa en todas direcciones. Tampoco, por lo general, es posible asegurarlo de nuevo hasta que la ballena está completamente capturada y es un cadáver.
Considerad, ahora, cómo debe ser en el caso de cuatro botes que combaten todos a una contra una ballena inusualmente fuerte, activa y astuta; cuando, debido a estas cualidades en ella, así como a los mil accidentes concurrentes de tan audaz empresa, ocho o diez segundos arpones sueltos pueden estar bamboleándose simultáneamente a su alrededor.
Pues, por supuesto, cada bote está provisto de varios arpones para atar a la línea en caso de que el primero sea lanzado ineficazmente sin poder recuperarlo.
Todos estos pormenores son aquí fielmente narrados, ya que no dejarán de elucidar varios pasajes importantísimos, por más que enrevesados, en escenas que habrán de pintarse más adelante.