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XXIII. La costa de sotavento

impulsarían hacia el hogar; busca de nuevo la tierra desolada del mar encrespado; precipitándose desoladamente en el peligro en aras del refugio, ¡siendo su único amigo su más amargo enemigo!

¿Le conocéis ya, Bulkington? ¿Creéis vislumbrar aquella verdad mortalmente intolerable; que todo pensamiento profundo y sincero no es sino el intrépido esfuerzo del alma por conservar la abierta independencia de su mar; mientras los vientos más violentos del cielo y de la tierra conspiran para arrojarla a la traicionera y servil orilla?

Pero así como en la ausencia de tierra reside la verdad suprema, sin orillas, indefinida como Dios; así, mejor es perecer en ese infinito aullador que estrellarse sin gloria contra sotavento, ¡aunque eso fuera la salvación! Pues como un gusano, entonces, ¡oh!, ¿quién se arrastraría cobarde hacia la tierra! ¡Terrores de lo terrible! ¿Es toda esta agonía tan vana? ¡Anímate, anímate, oh, Bulkington! ¡Súfrelo con fiereza, semidiós! ¡Emergiendo de la espuma de tu muerte oceánica, directamente hacia arriba, se alza tu apoteosis!

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