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XLI. Moby Dick

¡Desudad por allí abajo, almas más orgullosas y más tristes! ¡Interrogad a ese rey orgulloso y triste! ¡Un parecido de familia! Sí, él os engendró, jóvenes realezas exiliadas; y solo de vuestro torvo padre provendrá el viejo secreto de Estado.

Ahora bien, en su corazón, Ahab tenía cierta noción de esto, a saber: todos mis medios son cuerdos, mi móvil y mi objeto, locos.

Sin embargo, carente de poder para matar, cambiar o huir del hecho; sabía asimismo que ante la humanidad había disimulado durante mucho tiempo; y en cierto modo, aún lo hacía.

Pero ese asunto de su disimulo estaba sujeto únicamente a su perceptibilidad, no a su voluntad deliberada.

No obstante, tan bien logró ese disimulo, que cuando con su pierna de marfil desembarcó al fin, ningún nantucketense pensó que estuviera otra cosa que natural y hondamente afligido por la terrible desgracia que le había abrumado.

El informe de su innegable delirio en el mar fue asimismo atribuido popularmente a una causa parecida.

Y de igual modo, toda la melancolía adicional que desde entonces, hasta el mismo día de zarpar en el Pequod en el presente viaje, se quedó rondando en su frente.

Tampoco es tan improbable que, lejos de desconfiar de su idoneidad para otro viaje ballenero a causa de tan oscuros síntomas, las calculadoras gentes de aquella prudente isla se inclinaran a albergar la ocurrencia de que, por esas mismas razones, estaba mucho mejor cualificado y afilado para una persecución tan llena de furia y salvajismo como la sangrienta caza de las ballenas.

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