Mientras pronunciaba estas palabras, el aullido de la tempestad ululante y oblicua del exterior parecía dar un nuevo poder al predicador, quien, al describir la tormenta marina de Jonás, parecía sacudido por una tormenta él mismo.
Su profundo pecho se agitaba como con un mar de fondo; sus brazos agitados parecían los elementos en lucha; y los truenos que rodaban desde su oscura frente, y la luz que saltaba de sus ojos, hicieron que todos sus sencillos oyentes lo miraran con un miedo repentino que les era extraño.
Hubo entonces una calma en su semblante, mientras volvía a pasar en silencio las hojas del Libro; y, por fin, permaneciendo inmóvil, con los ojos cerrados por un instante, pareció comulgar con Dios y consigo mismo.
Pero de nuevo se inclinó hacia la gente y, bajando profundamente la cabeza, con un aspecto de la más profunda y a la vez varonil humildad, pronunció estas palabras:
“Compañeros de travesía, Dios ha colocado una sola mano sobre vosotros; ambas manos presionan sobre mí. He leído para vosotros, con la luz turbia que pueda alcanzar, la lección que Jonás enseña a todos los pecadores; y por lo tanto a vosotros, y aún más a mí, porque soy un pecador mayor que vosotros. Y ahora, ¡cuán gustosamente bajaría de este mastelero y me sentaría ahí en las escotillas donde os sentáis vosotros, y escucharía como escucháis vosotros, mientras uno de vosotros me lee esa otra lección, más terrible aún, que Jonás me enseña a mí, como piloto del Dios vivo! Cómo, siendo un piloto profeta ungido, o pregonero de verdades verdaderas, y