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III. La Posada del Soplador

Abominables son los vasos en los que vierte su veneno.

Aunque por fuera son verdaderos cilindros, por dentro los malvados y abultados vidrios verdes se estrechan engañosamente hacia un fondo tramposo.

Meridianos paralelos, toscamente grabados en el vidrio, rodean las copas de estos salteadores de caminos.

  • Llena hasta esta marca, y tu cuenta será de tan solo un penique;
  • hasta esta, un penique más;
  • y así sucesivamente hasta el vaso lleno, la medida del Cabo de Hornos, que puedes tragar por un chelín.

Al entrar al lugar, hallé a varios jóvenes marineros reunidos alrededor de una mesa, examinando a la luz de una tenue lámpara diversos ejemplares de skrimshander. Busqué al dueño y, tras decirle que deseaba que me hospedarán en una habitación, recibí por respuesta que su casa estaba llena, ni una sola cama desocupada. «Pero alto ahí —añadió, dándose golpecitos en la frente—, no tendrás ningún inconveniente en compartir la manta de un arpónreo, ¿verdad? Supongo que vas a ir a la pesca de ballenas, así que será mejor que te vayas acostumbrando a esa clase de cosas».

Le dije que nunca me había gustado dormir dos en una cama; que, si alguna vez llegaba a hacerlo, dependería de quién fuera el arponero, y que si él (el hostelero) realmente no tenía otro lugar para mí, y el arponero no era decididamente desagradable, pues antes que seguir vagando por una ciudad extraña en una noche tan cruda, me conformaría con la mitad de la manta de cualquier hombre decente.

—Eso me imaginaba. Muy bien; toma asiento. ¿Cena?, ¿quieres cenar? La cena estará lista en seguida.

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