¿Dónde yace el puerto definitivo, desde el cual no volvemos a zarpar? ¿En qué éter arrobado navega el mundo, del cual el más cansado jamás se cansará? ¿Dónde se oculta el padre del expósito? Nuestras almas son como aquellos huérfanos cuyas madres solteras mueren al darlos a luz: el secreto de nuestra paternidad yace en su tumba, y hemos de ir allí para conocerlo.
Y ese mismo día también, contemplando muy abajo desde la borda de su bote hacia ese mismo mar dorado, Starbuckmurmuró en voz baja:—
“¡Belleza insondable, tal como la que vio jamás el amante en los ojos de su joven esposa!—No me hables de tus tiburones de hileras de dientes, ni de tus costumbres de caníbal secuestrador. Que la fe expulse al hecho; que la fantasía expulse al recuerdo; miro muy hondo y de veras creo”.
Y Stubb, pez humano, con escamas brillantes, saltó a aquella misma luz dorada:—
—Yo soy Stubb, y Stubb tiene su historia; ¡pero aquí Stubb jura que siempre ha sido alegre!