CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 310 de 874
Table of Contents

XLII. La blancura de la ballena

la leche, de ojos grandes, cabeza pequeña, pecho robusto y con la dignidad de mil monarcas en su porte altivo y altanero. Era el Jerjes electo de vastas manadas de caballos salvajes, cuyos pastos en aquellos días solo estaban cercados por las Montañas Rocosas y los Apalaches. A su ardiente cabeza marchaba hacia el oeste como esa estrella elegida que cada noche guía a las huestes de la luz.

El parpadeante desfile de su crin, el cometa curvo de su cola, lo revestían de gualdrapas más resplandecientes de lo que los batidores de oro y plata habrían podido procurarle.

Una aparición de lo más imperial y arcánglica de aquel mundo occidental e incorrupto que, ante los ojos de los viejos tramperos y cazadores, revivía las glorias de aquellos tiempos primigenios en que Adán caminaba majestuoso como un dios, de testuz altiva e intrépido como este corcel poderoso.

Ya marchara en medio de sus ayudantes y mariscales a la cabeza de incontables cohortes que lo desbordaban sin fin por las llanuras, como un río Ohio; ya con sus súbditos circundantes ramoneando por doquier en el horizonte, el Corcel Blanco pasaba galopante revista con las cálidas fosas nasales enrojeciendo a través de su frescor lechoso; en cualquier faceta que se presentara, siempre fue para los indios más valientes objeto de temblorosa reverencia y asombro.

Tampoco puede ponerse en duda, a partir de lo que recogen las crónicas legendarias de este noble corcel, que era su blancura espiritual principalmente lo que así lo investía de divinidad; y que esta divinidad poseía algo que, si bien imponía adoración, al mismo tiempo infundía un cierto terror sin nombre.

Pero hay otras instancias en que esta blancura pierde toda esa accesoria y extraña gloria que la envuelve en el Corcel Blanco y en el Albatros.

310