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XXVI. Caballeros y escuderos

se mantiene firme en el combate contra los mares, los vientos, las ballenas o cualquiera de los horrores irracionales ordinarios del mundo, sin embargo, no puede resistir aquellos terrores más espantosos, por ser más espirituales, que a veces lo amenazan a uno desde la frente concentrada de un hombre enfurecido y poderoso.

Mas si la narración venidera revelara en algún caso la total abyección del pobre valor de Starbuck, apenas tendría fuerzas para escribirlo; pues es algo tristísimo, más aún, espantoso, exponer la caída del valor en el alma.

Los hombres podrán parecer aborrecibles en calidad de sociedades anónimas y naciones; podrá haber bribones, necios y asesinos; los hombres podrán tener rostros mezquinos y escuálidos; pero el hombre, en el ideal, es tan noble y chispeante, una criatura tan grandiosa y radiante, que ante cualquier mancha ignominiosa en él, todos sus semejantes deberían correr a arrojar sus mantos más costosos.

Esa hombría inmaculada que sentimos dentro de nosotros, tan hondo en nuestro interior que permanece intacta aunque todo el carácter exterior parezca perdido, sangra con el más agudo dolor ante el espectáculo desprovisto de ropajes de un hombre arruinado por el valor. Ni la piedad misma, ante tan vergonzosa visión, puede sofocar por completo sus reproches contra los astros alcahuetes.

Pero esta augusta dignidad de la que hablo no es la dignidad de los reyes y los mantos, sino esa dignidad desbordante que no posee investidura de armiño. La verás brillar en el brazo que empuña un pico o clava un escarpo; ¡esa dignidad democrática que, por doquier, irradia sin fin desde Dios mismo! ¡El gran Dios absoluto! ¡El centro y la circunferencia de toda democracia! ¡Su omnipresencia, nuestra divina igualdad!

Si, pues, a los más humildes marineros, a renegados y náufragos, he de atribuirles en adelante cualidades elevadas, aunque oscuras; si he de tejer en torno a ellos gracias trágicas; si aun el más melancólico, tal vez el más

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